Hay preguntas que se formulan demasiado tarde para llegar a tiempo de contestarlas. Son esos interrogantes sin respuesta los que con mayor fuerza arraigan. Los que más hondo se clavan. El de quiénes fueron las cigarreras que durante décadas ocuparon la antigua Fábrica de Tabacos de Madrid aún puede responderse.  

Quienes las conocieron solo a golpe de reojo, viéndolas alcanzar con paso apresurado la glorieta de Embajadores, callejeando por ese laberinto empinado que es el barrio de Lavapiés o tomando un café rápido en el Bar Peyma, probablemente no fueron conscientes de que un pellizco de la historia de la ciudad latía bajo sus batas de color azul oscuro. Allí, en el antiguo distrito de La Inclusa, conocido por sus bajas rentas, sus altos índices de precariedad habitacional y sus pésimas condiciones de higiene y salubridad, la estampa más cotidiana amanecía bordada por el humo y el polvo de la fábrica. 

Los bordes de esta postal comienzan hoy a desdibujarse. Pocos vecinos del barrio sabrán que Tomasa, antes de entrar a trabajar como operaria y siendo aún una niña, confeccionaba cigarros a domicilio y bajo demanda hasta entrada la madrugada. Tampoco que Isabel, empleada también de la fábrica, fue la primera mujer electricista de España. Nunca habrán escuchado la voz de Elena. Ni la risa de Marisa. No conocerán las historias de Aga, Toñi, Begoña, Flor, Maite, Mari, Mari Cruz, María, Mila o la de otros cientos y miles de mujeres que han escrito una parte de la historia de esta ciudad.

Muchas de ellas conocieron la noticia del cierre de primera mano. Otras, ya jubiladas, lo leyeron en los periódicos. Han pasado dos décadas desde que el edificio clausuró sus puertas para no volver a abrirlas nunca más como fábrica. Construido en tiempos de Carlos III, su primera función fue la de albergar la producción de aguardiente y licores hasta que, en 1809, José Bonaparte abrió un nuevo capítulo entre sus muros dando trabajo a cientos de cigarreras.

La cifra fue creciendo, como también fueron creciendo las niñas que, adiestradas por sus madres y abuelas, ocupaban en los talleres los puestos que ellas habían desempeñado antes. Día tras día. Generación tras generación. Invisiblemente soportando las cargas familiares y reproductivas domésticas. Se calcula que cerca de 27.000 operarias [1] en todo el Estado llegaron a trabajar como cigarreras, suponiendo en 1905 más del 10% del empleo industrial femenino de Madrid [2].

Con el tiempo, las mesas en torno a las que se reunían para desvenar el tabaco y liar los cigarros dieron paso a modernas máquinas que agilizaron la producción. Y los lazos que entre ellas se forjaban fueron tornándose más fuertes. Más estrechos. Lazos que se tejían dentro y también fuera de la fábrica, en las calles, y los patios de corralas.

Fue así como las guerrilleras de Embajadores, uno de los muchos apodos que les dedicó la prensa de antaño, lograron infundirse entre ellas el arrojo necesario para hacer escuchar sus voces. Protagonistas de infinidad de levantamientos, huelgas, motines, las bajadas de salario, la mala calidad del papel y del tabaco con el que trabajaban a destajo o la amenaza que para sus empleos suponía la introducción de nuevas máquinas fueron algunos de los motivos que las llevaron a sublevarse dentro y fuera de la fábrica. Las insurrecciones ludistas o prácticas mutualistas forjaron su identidad obrera más “agitadora”, pero también su implicación y solidaridad con estudiantes, obreros y clases populares hicieron de las batas azules un distintivo particular entre las calles de Embajadores.

 

Más allá de los tópicos con los que su figura se ha revestido en coplas y folletines, el de las cigarreras es un relato de lucha y hermanamiento que, durante dos siglos, impregnó la vida madrileña. Este proyecto intenta ser un homenaje a todas ellas.

 


[1] Candela Soto, P. (1997). Cigarreras madrileñas. Madrid: Tecnos
[2] Candela Soto, P. (1997). Cigarreras madrileñas. Madrid: Tecnos